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¿QUÉ ES LA FELICIDAD?


Cuenta la leyenda que un hombre oyó decir que la felicidad es un tesoro.

A partir de aquel momento empezó a buscarla.

Primero se aventuró por el placer y por lo sensual, luego por el poder y la riqueza, después por la fama y la gloria, y así fue recorriendo el mundo del orgullo, del saber, de los viajes, del trabajo, del ocio y de todo cuanto estaba al alcance de su mano.

En un recodo del camino vio un letrero que decía: "Le quedan dos meses de vida".

Aquel hombre cansado y desgastado por los sinsabores de la vida se dijo:" Estos dos meses los dedicaré a compartir todo lo que tengo de experiencias, de saber y de vida con las personas que me rodean".

Y aquel buscador infatigable de la felicidad, al final de sus días encontró en su interior, en lo que podía compartir, en el tiempo que dedicaba a los demás, en la renuncia que hacía de sí mismo para servir, el tesoro que tanto había deseado. Comprendió que para ser feliz se necesita amar, aceptar la vida como viene, disfrutar de lo pequeño y de lo grande, conocerse a sí mismo y aceptarse como se es, sentirse querido y valorado, querer y valorar a los demás, tener razones para vivir y esperar y también razones para morir y descansar. Entendió que la felicidad brota en el corazón, que está unida y ligada a la forma de ver a la gente y de relacionarse con ella; que siempre está de salida y que para tenerla hay que gozar de paz interior.

LOS TRES ANCIANOS


Una mujer que salía de su casa vio a tres ancianos de barbas blancas sentados en el jardín de su casa.

“No sé quienes son ustedes, pero deben tener hambre. Por favor, pasen que les daré algo de comer”

“¿Está el hombre de la casa?”, preguntó uno de ellos.

“No, no está”

“Entonces no podremos entrar” dijeron los ancianos.

Al atardecer, cuando su marido llegó a la casa, la señora le contó lo sucedido.

“Ve y dile que yo estoy en casa y que los invito a pasar a los tres”

La mujer salió y los invitó amablemente a que pasaran.

“Nosotros no podemos ser invitados a una casa juntos” dijo con determinación uno de los ancianos.

“¿Por qué?” preguntó la mujer muy intrigada.

El anciano con la barba más blanca respondió:

“Su nombre es Riqueza” dijo señalando a uno de ellos y señalando al otro agregó: “Su nombre es Éxito, y el mío es Amor… ahora, ve con tu marido y decidan a cuál de nosotros prefieren invitar”

“¡Qué fantástico! Si ese es el caso invitemos a Riqueza. Así llenaremos nuestra casa con riquezas” Dijo el marido cuando escuchó lo que le contó la mujer.

“No, no me parece buena idea… ¿Por qué no elegimos a Éxito? así seremos admirados por todos”

su hija adoptiva que escuchaba la conversación desde su habitación exclamó:

“¿ Por qué no invitamos al Amor? ¿Por qué siempre hay que pensar en las riquezas y el éxito como si el amor no fuera importante para nosotros?”

La intervención de la niña dejó a sus padres en silencio y avergonzados.

“Sí, ella tiene razón” dijo la madre.

Y el padre agregó: “Sigamos el consejo de nuestra hija”

La mujer salió al encuentro de los ancianos y preguntó :

“¿Cuál de ustedes es Amor? … Por favor, pase y sea nuestro invitado.”

Amor se levantó y comenzó a caminar hacia la casa. Los otros dos también se levantaron y los siguieron. Sorprendida, la mujer miró a Éxito y a Riqueza y preguntó:

“Sí yo solamente invité a Amor ¿Por qué ustedes también vienen?”

Los tres ancianos respondieron juntos:

“Si hubiese invitado a Éxito o a Riqueza los otros dos se quedaban afuera, pero ustedes invitaron a Amor, y donde quiera que él vaya los otros lo siguen. Porque donde hay amor siempre hay éxito y riqueza.

EL AMOR


Erase una vez una isla en donde habitaban todos los sentimientos, la alegría, la tristeza y muchos más, incluyendo el amor. Un día, se les avisó a los moradores que la isla en la que vivían se iba a hundir; rápidamente todos los sentimientos se apresuraron a salir de la isla, se metieron en sus barcos y se preparaban a partir, pero el amor se quedó porque quería estar un rato más con la isla que tanto amaba, antes de que se hundiese. Cuando por fin estaba ya casi ahogándose, el amor comenzó a pedir ayuda; en eso venía la riqueza y el amor dijo: riqueza, llévame contigo !! No puedo, hay mucho oro y plata en mi barco, y no tengo espacio para ti, contesto la riqueza; el amor le pidió ayuda a la vanidad, que también venía pasando. Vanidad, ayúdame por favor !! No puedo ayudarte amor, tu estás todo mojado y vas a arruinar mi barco nuevo; entonces el amor le pidió ayuda a la tristeza: tristeza, me dejas ir contigo ? Ay amor! estoy tan triste que prefiero ir solita; también paso la alegría, pero ella estaba tan alegre que no escucho al amor cuando este le pedía ayuda; ya desesperado, el amor comenzó a llorar y fue ahí cuando una voz lo llamó y le dijo: Ven amor, yo te llevo. Era un viejito, pero el amor estaba tan feliz que se le olvidó preguntarle su nombre y al llegar a tierra firme, el amor le preguntó a la sabiduría: sabiduría, quien era el viejito que me trajo hasta aquí ? y la sabiduría respondió : Era el tiempo. El tiempo? pero porqué solo el tiempo me quiso traer ? y la sabiduría respondió: porque solo el tiempo es capaz de ayudar y entender a un gran amor.

AVIVAR LA LLAMA INTERIOR

Cuentan que un rey muy rico de la India, tenía fama de ser indiferente a las riquezas materiales y hombre de profunda religiosidad, cosa un tanto inusual para un personaje de su categoría.

Ante esta situación y movido por la curiosidad, un súbdito quiso averiguar el secreto del soberano para no dejarse deslumbrar por el oro, las joyas y los lujos excesivos que caracterizaban a la nobleza de su tiempo.

Inmediatamente después de los saludos que la etiqueta y cortesía exigen, el hombre preguntó: Majestad, ¿cuál es su secreto para cultivar la vida espiritual en medio de tanta riqueza?

El rey le dijo: “Te lo revelaré, si recorres mi palacio para comprender la magnitud de mi riqueza. Pero lleva una vela encendida. Si se apaga, te decapitaré”.

Al término del paseo, el rey le preguntó: “¿Qué piensas de mis riquezas?”

La persona respondió: “No vi nada. Sólo me preocupé de que la llama no se apagara”.

El rey le dijo: “Ese es mi secreto. Estoy tan ocupado tratando de avivar mi llama interior, que no me interesan las riquezas de fuera”