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LA CARGA DEL RESENTIMIENTO


El argumento del día era el resentimiento, y el profesor nos había pedido que llevásemos papas y una bolsa de plástico. Debíamos agarrar una papa por cada individuo al que guardásemos rencor, escribir su nombre en la papa y depositarla en la bolsa. Ciertas bolsas eran verdaderamente pesadas. La acción residía en acarrear la bolsa con nosotros durante unos 7 días. Ciertamente, el estado de las papas se iba estropeando con el tiempo.
La molestia de transportar esa bolsa en todo momento me mostró notoriamente el peso místico que cargaba a diario y me marcó que, mientras situaba mi cuidado en ella para no olvidarla en ningún lugar, menospreciaba cosas más significativas. Descubrí en aquel momento que todos poseemos papas deteriorándose en nuestra “alforja” sentimental.
Esta acción fue una gran parábola del costo que pagaba a diario por conservar el rencor emanado de situaciones pasadas, que no pueden cambiarse. Me di cuenta de que cuando dejaba a un costado las cuestiones incompletas o las promesas no efectuadas, me colmaba de resentimiento. Mi nivel de estrés se acrecentaba, no descansaba bien y mi atención se esparcía. Perdonar y “dejar ir” me llenó de paz, nutriendo mi espíritu.
La falta de perdón es como algo perjudicial que consumimos a gotas cada día, hasta que definitivamente acaba por contaminarnos. Muchas veces nos preocupamos en que el perdón es un obsequio para el otro, y no nos damos cuenta de que los únicos perjudicados somos nosotros mismos.
La tolerancia es un reconocimiento que puedes y debes revivir a diario. Muchas veces la persona más trascendental a la que tienes que perdonar es a ti mismo, por todas las cosas que no fueron del estilo como recapacitabas. La manifestación de generosidad es la combinación para liberarte. ¿Con qué personas estás disgustado? ¿A quiénes no te es viable dispensar? ¿Eres infalible, y por eso no puedes perdonar las faltas de los demás? Perdona, y así serás perdonado. Recuerda que con la misma vara que mides serás medido.

Calmar nuestra carga nos da mayor independencia para movernos hacia nuestros objetivos.

LA HISTORIA DEL LÁPIZ


El niño miraba al abuelo escribir una carta. En un momento dado, le preguntó:
–¿Estás escribiendo una historia que nos pasó a los dos? ¿Es, quizá, una historia sobre mí?
El abuelo dejó de escribir, sonrió y dijo al nieto:
–Estoy escribiendo sobre ti, es cierto. Sin embargo, más importante que las palabras es el lápiz que estoy usando. Me gustaría que tú fueses como él cuando crezcas.
El niño miró el lápiz, intrigado, y no vio nada de especial.
–¡Pero si es igual a todos los lápices que he visto en mi vida!
–Todo depende del modo en que mires las cosas. Hay en él cinco cualidades que, si consigues mantenerlas, harán de ti una persona por siempre en paz con el mundo. Primera cualidad: puedes hacer grandes cosas, pero no olvides nunca que existe una mano que guía tus pasos. A esta mano nosotros la llamamos Dios, y Él siempre te conducirá en dirección a su voluntad.
Segunda: de vez en cuando necesito dejar de escribir y usar el sacapuntas. Eso hace que el lápiz sufra un poco, pero al final está más afilado. Por lo tanto, debes ser capaz de soportar algunos dolores, porque te harán mejor persona.
Tercera: el lápiz siempre permite que usemos una goma para borrar aquello que está mal. Entiende que corregir algo que hemos hecho no es necesariamente algo malo, sino algo importante para mantenernos en el camino de la justicia.
Cuarta: lo que realmente importa en el lápiz no es la madera ni su forma exterior, sino el grafito que hay dentro. Por lo tanto, cuida siempre de lo que sucede en tu interior.
Finalmente, la quinta cualidad del lápiz: siempre deja una marca. De la misma manera, has de saber que todo lo que hagas en la vida dejará trazos, e intenta ser consciente de cada acción.

EL NÁUFRAGO

Navegaba un rico ateniense en una nave junto con otros pasajeros. De pronto, a causa de una súbita y violenta tempestad, empezó rápidamente a hacer agua el navío.

Y mientras los demás pasajeros, con su esfuerzo, trataban de salvarse a nado, el rico ateniense, invocando a cada instante a la diosa Atenea, le prometía efusivamente toda clase de ofrendas si por su medio lograba salvarse.

Uno de los náufragos que lo oía a su lado le dijo:

-Pide a Atenea, pero también a tus brazos.

Cuando pidas ayuda en tus problemas, primero demuestra que ya estás trabajando para solucionarlos.